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Una gran multitud seguía a Jesús porque querían escucharlo enseñar. Cuando llegó la hora de comer, la gente tenía hambre y los discípulos no sabían cómo alimentar a todos.
Entre la
multitud, un niño ofreció sus pocos panes y peces. Jesús tomó el alimento con
gratitud, miró al cielo y comenzó a repartirlo.
Milagrosamente,
la comida nunca se acabó. Todos comieron hasta quedar satisfechos y todavía
sobraron canastas llenas.
Mientras
coloreas este dibujo, puedes imaginar la sorpresa de todos al ver que un
pequeño gesto de fe puede ser multiplicado por Jesús para alimentar a muchas
personas.
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